¿Qué come la jet madrileña en la Costa Brava, Zahara o Formentera?
- Roberto Buscapé
- 28 jul 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 13 ago 2025

© Antonio
Cuando el termómetro madrileño supera los 35 grados, la jet capitalina activa el modo huida. Unos ponen rumbo al norte, otros al sur, pero el destino favorito siempre mira al mar. No se trata solo de escapar del calor o del tráfico, sino de desplazarse hacia donde el verano se vive a cámara lenta, con cócteles artesanales en mano y platos que resumen la estación en una cucharada. Porque para la élite madrileña, vacaciones y gastronomía son conceptos inseparables: comer bien no es un capricho, es una forma de estar en el mundo. Y si además queda bien en Instagram, mejor.
A diferencia del turista tradicional, el viajero VIP ya no busca el menú degustación con diez pases y sillas de diseño. Ahora prima el lujo relajado, el producto local y la experiencia auténtica —aunque cuidadosamente calculada—. La estética se impone: mesas de madera vista, platos rústicos, servilletas deshilachadas que parecen de mercadillo, pero cuestan 80€ el juego. Todo tiene que contar algo. Y si puede contar que estás comiendo gamba roja recién pescada en una cala secreta, en compañía de un chef que estuvo en El Bulli, entonces mejor aún.
Este verano, los hashtags vuelven a repetir coordenadas: #CostaBrava, #Zahara, #Formentera. En estas tres mecas estivales se condensa el imaginario gourmet de la alta sociedad madrileña. A través de sus stories podemos reconstruir lo que comen, dónde lo comen y cómo lo presumen. Desde el arroz cremoso con carabinero servido en una terraza sobre el mar hasta la copa de vino natural al atardecer con filtro cálido. Comer se convierte en ritual, escenario y escaparate. Por eso, si te pica la curiosidad o simplemente te gusta mirar (aunque sea desde la tumbona de tu piscina municipal), aquí va el menú del verano de los que comen bien, viven mejor y lo cuentan todo.
En la Costa Brava, la discreción se ha convertido en el nuevo símbolo de estatus. Desde Begur hasta Cadaqués, lo que se lleva es el lujo invisible: pescados recién traídos por barcas locales, brasas bien manejadas y presentaciones que simulan una improvisación que está todo menos improvisada. En Toc al Mar, en Aiguablava, hay pescados de diez, arroces de doce y unas vistas que hacen que cualquier plato gane likes sin esfuerzo. El verdadero gourmet madrileño no va con prisas: se toma un blanco natural bien frío, repite pan con tomate y celebra que, al menos en agosto, nadie le espera en Madrid. Para los que buscan algo más sofisticado sin perder el espíritu local, el restaurante Compartir en Cadaqués (hermano relajado de Disfrutar, en Barcelona) ofrece platos de autor diseñados para eso mismo: compartir. Muchos de ellos han sido protagonistas de más de una story viral, todo allí está pensado para seducir tanto al paladar como a la cámara del móvil.
Zahara de los Atunes, por su parte, es el reino del atún rojo. Aquí no se viene a improvisar: se viene a rendir culto. La jet lo sabe y reserva con antelación en El Campero o en Antonio, los templos del almadraba-style. El atún se sirve crudo, marcado, en tartar o encebollado. No hay paso en falso. El ambiente es relajado pero chic, con camisas de lino arrugado, gafas de sol imposibles y sobremesas que se alargan hasta el atardecer. El ritual exige una copa después: negronis con twist, gin-tonics con romero y algún cóctel con nombre inventado que combina mezcal, sandía y humo. Si hay música en directo en el chiringuito cercano, la noche se alarga. Y si hay influencers cerca (que los hay), más vale tener el outfit correcto. El verano aquí sabe a mar, pero también a estilo.
Y en Formentera... Formentera juega otra liga. El blanco lo domina todo, desde la ropa hasta los platos. Comer bien es importante, pero aún más importante es que parezca que no estás haciendo ningún esfuerzo en comer bien. Juan y Andrea, con sus arroces servidos sobre mesas impolutas frente a aguas turquesa, sigue siendo el lugar que todos quieren repostear. Pero los verdaderos conocedores buscan rincones como Can Carlos, donde la fusión italo-balear hace maravillas. Aquí el producto es el rey, pero también lo es el diseño de interiores, la luz del jardín al caer la tarde y ese postre fotografiado en la hora azul. El lujo no grita: susurra. Pero se cuela en tu feed sin que te des cuenta.






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