Productos baratos que parecen gourmet (y realmente lo son)
- Irene S.
- 16 ene
- 2 Min. de lectura

La palabra gourmet se ha encarecido a base de repetirla. Se nos vendió que el buen comer vivía en tarros diminutos, etiquetas con serif y precios que dan vértigo. Pero la realidad —sobre todo en Madrid— es otra: aquí mandan las despensas listas, las cenas resueltas en diez minutos y el picoteo que parece improvisado, aunque no lo sea.
Porque lo gourmet no es una cuestión de lujo, sino de criterio. De saber leer una etiqueta, oler una salmuera, distinguir una grasa noble de un aceite cansado. Y eso, sorpresa, no siempre cuesta dinero. Cuesta atención. El resto es marketing con letra pequeña.
Madrid lo sabe desde hace décadas: mercado de barrio, colmado, frutería con carácter y una sección concreta del súper bien peinada. De ahí salen productos humildes que, bien elegidos y bien servidos, juegan en primera división. Vamos a ellos.
Empieza el show con las conservas bien entendidas. Unos mejillones en escabeche decentes tienen músculo, vinagre afinado y especias sin estridencias. Busca latas pequeñas, ingredientes cortos y mejillón grande. Sírvelos templados, sobre pan tostado y con ralladura de limón: barra fina en casa. Lo mismo con sardinas en aceite o bonito del norte: el truco está en no servirlos helados y en añadir aceite bueno al final.
En el territorio del vermú doméstico, los boquerones en vinagre son alta cocina popular. Blancos, firmes, sin olor agresivo. Ajo, perejil, aceite generoso y una piparra al lado: parece caro porque sabe limpio. Y ojo con las aceitunas: manzanilla o gordal, sin sabores “raros”. Si la salmuera es equilibrada y el aliño no tapa, has ganado.
La cuchara también puede ser gourmet sin arruinarte. Las lentejas pardinas son mantecosas y profundas. Si cuecen uniforme y no se rompen, son buenas. Sofrito corto, laurel, reposo y chorrito de AOVE en crudo: plato de carta sin postureo. Hablando de aceite, un AOVE honesto con fecha de cosecha y botella opaca transforma huevos, verduras y pastas como si hubieras cambiado de cocina.
Para subir el nivel sin subir la cuenta, entran las especias. Pimentón de la Vera (mejor ahumado) o comino recién molido dan profundidad inmediata. Y en frescos, un queso curado sencillo en cuña pequeña, etiqueta clara y aroma limpio. Rállalo fino sobre pasta o sírvelo con miel y nueces: cena resuelta.
El soporte importa. Pan de cristal o una buena hogaza es medio plato. Tostado crujiente, miga aireada. Y de postre, chocolate negro 70–85 %: ingredientes cortos, cacao primero. Un cuadrado con aceite y sal en escama y nadie pregunta cuánto ha costado.
Mini-manual anti-timo para sobrevivir: lee ingredientes (si no los entiendes, huye); desconfía del “sabor trufa”; los aceites aromatizados no sustituyen a un buen AOVE; el envase pequeño suele esconder mejor producto. Conclusión: la verdadera sofisticación es comprar con criterio y servir con intención. En Madrid, eso siempre ha sido lo más gourmet.






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