Viajes de un día que se hacen solo por el restaurante
- Roberto Buscapé
- hace 1 hora
- 3 Min. de lectura

Hay viajes que no empiezan en la carretera, sino en la cabeza. Concretamente, en una mesa concreta. Una reserva confirmada que lo ordena todo: la hora a la que suena el despertador, la ruta más directa, el café rápido antes de salir y hasta la excusa perfecta para volver a casa con una sonrisa de domingo bien aprovechado. Viajar por un restaurante no es un capricho: es una forma muy sensata de organizar el tiempo libre.
Madrid juega aquí con ventaja. En un radio razonable de coche o tren se despliegan cocinas con identidad, casas con historia, proyectos personales que han convertido pueblos y ciudades cercanas en destinos gastronómicos en sí mismos. No hace falta dormir fuera ni hacer maletas: basta con elegir bien la mesa y dejar que el resto del día gire a su alrededor.
Este tipo de escapada tiene su propio ritmo. No va de acumular visitas ni de correr entre hitos turísticos, sino de llegar con hambre, comer con atención y regalarse una sobremesa larga. Todo lo demás —un paseo corto, una plaza bonita, un café bien tirado— es accesorio. Aquí van cuatro viajes de ida y vuelta que se hacen solo por el restaurante, y que funcionan como un plan redondo para cualquier fin de semana.
Illescas es casi un trámite en el mapa, pero El Bohío convierte ese trayecto corto por la A-42 en una escapada en toda regla. La cocina de Pepe Rodríguez tiene ese raro equilibrio entre técnica afinada y sabor reconocible, con una despensa que manda y una ejecución sin estridencias. Conviene reservar a primera hora de comida, llegar sin prisas y dejarse llevar por el menú, siempre atento al guiso del día o a algún pase pensado para mojar pan sin pudor. El coche es lo más práctico, aparcar no suele ser problema y el paseo previo puede limitarse a estirar las piernas: aquí se viene a comer.
Si el cuerpo pide algo más solemne, Sigüenza obliga a estirar el viaje pero lo compensa con creces. Molino de Alcuneza es un destino en sí mismo: cocina de territorio, elegante y profunda, en un entorno que invita a bajar revoluciones. Los escabeches son una constante brillante y el cordero, cuando aparece, justifica el desplazamiento. La clave es llegar con tiempo, dar un paseo tranquilo por el casco histórico y sentarse a la mesa sabiendo que la sobremesa será larga. Mejor en coche y con reserva cerrada con antelación.
Segovia sigue siendo una escapada infalible cuando manda el apetito de clasicismo. Casa Duque representa como pocos la tradición bien entendida: cochinillo crujiente, judiones ligados y una sala que sabe leer al comensal. El plan es sencillo y funciona siempre: paseo corto por el acueducto, mesa reservada y cochinillo para compartir. Tren o coche son igual de válidos, aunque conviene evitar horas punta y, si se puede, apostar por un día entre semana.
La versión contemporánea de Sigüenza llega con El Doncel, donde Enrique Pérez practica una cocina actual, precisa, profundamente ligada al entorno. Aquí mandan la temporada y los fondos bien trabajados. El menú cambia, pero siempre hay verduras memorables y una sensación de coherencia que engancha. Ideal reservar al mediodía, tomar un café previo en la plaza y dejar que el viaje se alargue solo lo justo.






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