Las tendencias que han muerto en 2025 (y no las echaremos de menos)
- Irene S.
- 22 dic 2025
- 3 Min. de lectura

2025 ha sido el año de la resaca foodie. No la elegante, sino la de despertarte tarde, mirar el móvil y preguntarte en qué momento te pareció buena idea hacer cola cuarenta minutos por algo que ahora ni recuerdas. En Madrid, donde cada semana abre un local nuevo con tipografía neutra y promesa de “concepto”, el calendario gastronómico avanza más rápido que la memoria. Lo que ayer era imprescindible hoy provoca un leve rubor, como cuando te cruzas con alguien con quien compartiste entusiasmo por una moda claramente innecesaria.
Este ha sido el año en que muchas tendencias, después de petarlo fuerte en Instagram y colonizar cartas, barras y terrazas, han dicho basta. No porque fueran malvadas, sino porque se exprimieron hasta quedarse sin pulpa. Saturación, precios que no cuadraban, experiencias incómodas, platos pensados para la foto y no para el hambre real. El comensal madrileño —que ha visto pasar de todo— empezó a levantar la ceja y a pedir cosas más simples: comer bien, sentarse a gusto y no sentirse parte de un experimento social.
No es una lista negra ni un ajuste de cuentas. Tampoco una cruzada contra la modernidad ni contra los clásicos, que sobreviven a todas las modas. Es más bien una autopsia gastronómica del año: identificar qué tendencias murieron en 2025, entender por qué ya no nos hacen gracia y, sobre todo, ver qué está ocupando su lugar. Porque en esta ciudad, cuando algo cae, otra cosa —normalmente más sensata— ya está asomando por la barra.
La primera en caer fue el plato servido en algo que no es un plato. Durante años aceptamos comer sobre maderas imposibles, palas de jardín, tejas, piedras volcánicas y objetos que exigían explicación previa. Murió por incómodo, por antihigiénico y porque siempre acababas persiguiendo el último bocado mesa abajo. En Madrid fue omnipresente en aperturas aceleradas y menús “creativos”. El relevo es sencillo: vajilla normal, caliente cuando toca y sin pedir perdón.
También pasó a mejor vida el ingrediente fetiche omnipresente. Trufa todo el año, burrata en agosto, pistacho hasta en la sopa. Se murió por saturación, por precio injustificado y porque el efecto sorpresa desaparece al tercer plato. El público empezó a esquivarlo con la misma energía con la que antes lo pedía. En su lugar vuelve la temporada real: producto cuando toca y sin necesidad de subrayarlo tres veces en la carta.
Otra víctima clara fue la carta infinita de croquetas. Diez, veinte, cuarenta sabores, desde jamón hasta reinterpretaciones exóticas que nadie había pedido. Murió por logística absurda y por convertir un bocado noble en un catálogo de congelador. Madrid empieza a volver a lo sensato: dos o tres croquetas, bien hechas, calientes y sin apellidos innecesarios.
El brunch eterno también firmó su acta de defunción en 2025. Colas interminables, mesas incómodas, huevos fríos y cafés correctos cobrados como si fueran excepcionales. Murió por agotamiento y porque nadie quiere desayunar a las cuatro de la tarde pagando como si fuera una cena. El relevo ya está aquí: cafeterías tranquilas, desayunos tempranos y barras donde el café se sirve sin prometer cambiarte la vida.
Cayó también el lenguaje foodie inflado. “Experiencia inmersiva”, “viaje sensorial”, “producto honesto” repetido como mantra. Se murió por desgaste y por prometer más de lo que llegaba al plato. En Madrid ha ganado terreno el vocabulario simple: “está bueno”, “es casero”, “hoy hay guiso”.
Otra moda agotada fue la cocina abierta como espectáculo obligatorio. Ruido, humo, comandas gritadas y sensación de estar comiendo dentro de un ensayo general. Murió por cansancio acústico. El relevo: barras tranquilas, cocinas eficientes y el sonido bendito del vino al caer en la copa.
Y sí, también se desinfló la experiencia gastronómica inflada sin respaldo culinario. Menús larguísimos, precios épicos y recuerdo borroso. Madrid aprendió rápido: repetir sitio es el nuevo lujo.
Lo que nos queda mirando a 2026 es bastante más apetecible: producto bien tratado, cartas cortas que se leen sin ansiedad, bares con alma, guisos que reconcilian y vinos servidos sin discurso TED. Menos tendencia, más verdad. Y eso, por suerte, nunca pasa de moda.






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