Restaurantes madrileños en los que pedir “lo de siempre” es la mejor opción
- Julián Acebes
- 17 ene
- 2 Min. de lectura

Pedir lo de siempre en Madrid no es rutina: es criterio. Es saber que hay platos que no necesitan actualización ni relato porque llevan décadas superando el examen más duro: el de la clientela fiel. Aquí la carta se mira por educación y se cierra por instinto. Porque cuando algo funciona, se repite.
Madrid es ciudad de rituales: la barra de siempre, el camarero que no apunta, el plato que llega como debe. Innovar está bien, pero hay casas donde desviarse es jugar a la ruleta. Y nadie entra a estos sitios para experimentar: entra para acertar.
Este recorrido va de eso: restaurantes donde hay un plato sagrado —o dos— que salen perfectos desde hace años. Donde pedir lo obvio es la jugada inteligente y repetir no da vergüenza, da gusto.
Llegas a Casa Lucio, miras la carta por educación y pides los huevos rotos. Siempre. Patata bien confitada, jamón con sal justa y la yema haciendo lo suyo. Funciona por mano, punto y regularidad. Mejor para compartir, con pan serio y un tinto joven. Plan infalible con suegros o comidas de consenso.
En Lhardy no se improvisa: cocido madrileño servido con ceremonia, en vuelcos y con historia. Caldo profundo, garbanzo fino y carnes que hablan de oficio. El plato fijo nace aquí del respeto al recetario y de no tocar lo que funciona. Pídelo con tiempo y apetito. Ideal para comidas de domingo o para llevar a alguien que “quiere lo auténtico”.
Hay casas donde la tortilla no admite discusión, como La Penela. Aquí la tortilla estilo Betanzos es religión: babosa, dorada por fuera y siempre igual de bien ejecutada. El plato se hizo fijo por boca a boca y por una receta que no se mueve un milímetro. Mejor pedirla al centro y acompañar con un albariño fresco. Plan de comida familiar o cita cómoda sin riesgo.
Si toca celebración sin sobresaltos, Casa Julián de Tolosa es apuesta segura. La chuleta es religión: buena vaca, parrilla precisa, reposo y sal al final. Pídela poco hecha, acompaña con ensalada sencilla y patatas. Aquí el plato-tótem existe porque producto y fuego nunca fallan.
Para japonés sin riesgos, Miyama Flor Baja. Lo de siempre es sushi y nigiris clásicos: arroz en su punto, corte limpio y pescado fiable. No hace falta inventar cuando la técnica está afinada. Pide selección variada y sake suave. Plan de cita tranquila o comida de trabajo.
Y cuando apetece Italia sin sustos, Sottosopra. Aquí se viene a pasta —carbonara de verdad, amatriciana— y a repetir. Recetas estables, producto honesto y cero fuegos artificiales. Acompaña con vino italiano y deja sitio para el postre. Plan cómodo, conversación larga.






.jpg)






Comentarios