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Pesa, suena y tiene borde: el regreso de la cerámica y el vidrio con carácter


Regreso cerámica y vidrio grueso 2025 (Gadgets & Deco) - GastroMadrid (1)

Hay un sonido que ha vuelto a las mesas madrileñas. No es el tintineo fino y educado de la copa industrial, sino un golpe más grave, casi doméstico: el de la cerámica y el vidrio grueso al posarse sobre la madera. Pesa. Se oye. Existe. Algo parecido ocurre con los platos que ya no buscan la simetría perfecta ni el blanco quirúrgico, sino el borde ondulado, la huella del torno, una ligera grieta en el esmalte. La mesa —ese escenario cotidiano— parece haber decidido rebelarse contra años de uniformidad desechable. Y lo hace abrazando lo imperfecto.


Durante décadas confundimos modernidad con homogeneidad. Copas idénticas, vajillas intercambiables, objetos sin memoria. Hoy, sin embargo, algo se ha desplazado. Quizá cansados de lo clónico, quizá necesitados de tacto y peso tras tanto consumo intangible, hemos vuelto la mirada hacia materiales que envejecen con dignidad. El vidrio grueso recuerda a las tabernas de antes, pero también a un presente que reivindica la durabilidad. La cerámica artesanal dialoga con el wabi-sabi japonés, con esa belleza que habita en lo irregular, en lo incompleto, en lo que no se puede replicar del todo.


En Madrid, esta estética se cuela sin estridencias. Está en una barra de Lavapiés donde el vermú llega en vaso pesado, ligeramente burbujeado, con una aceituna que choca contra el cristal y deja rastro. Está en esa cafetería de Chamberí donde el café se sirve en una taza irregular, algo más ancha de un lado, que obliga a sujetarla con las dos manos. La experiencia cambia: el calor se transmite distinto, el gesto se ralentiza. Beber deja de ser automático.



También en muchos restaurantes la vajilla ha dejado de ser un fondo neutro para convertirse en parte del relato. Platos de cerámica hecha a mano que no se apilan del todo bien, cuencos con textura volcánica, jarras que pesan lo suficiente como para recordarte que estás sirviendo algo valioso. No es casual que muchos cocineros jóvenes trabajen directamente con talleres locales, desde pequeños obradores cerámicos en Carabanchel hasta artesanos presentes en mercados como el de Motores o en estudios abiertos del centro. Cada pieza llega con su carácter, con su pequeña imperfección negociada.


Lo interesante es cómo estos objetos transforman la experiencia gastronómica sin necesidad de discursos grandilocuentes. Un guiso servido en un plato irregular parece más honesto. Un vino natural en una copa imperfecta pierde solemnidad y gana cercanía. La cerámica porosa absorbe algo del sonido, el vidrio grueso devuelve un eco grave. Comer se vuelve un acto más físico, más presente.



¿Por qué ahora? Tal vez porque estamos rodeados de superficies lisas y pantallas impecables. Porque necesitamos objetos que resistan, que no pidan ser reemplazados a la mínima. Lo imperfecto, paradójicamente, tranquiliza: no exige cuidado obsesivo, acepta el uso, celebra la marca del tiempo. Frente a lo estandarizado, ofrece identidad. Frente a lo desechable, memoria.


Comer y beber rodeados de vidrio con peso y cerámica con alma es, en el fondo, una forma de reconciliarnos con lo cotidiano. De aceptar que no todo tiene que brillar igual ni encajar a la perfección. Que en esa ligera asimetría, en ese borde torcido, hay algo profundamente humano. Y quizá por eso, hoy, nos sabe mejor.

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