Productos que no sirven para Instagram ni TikTok, pero en Madrid son religión
- Julián Acebes
- 23 dic 2025
- 3 Min. de lectura

Hay una manera muy actual de sentarse a la mesa que empieza buscando la luz buena y termina cuando el plato ya no está en su punto. Comer mirando la pantalla, ajustando el encuadre, esperando a que el vídeo cargue o a que el algoritmo decida si hoy mereces atención. Instagram y TikTok han convertido la comida en un decorado: si no brilla, si no gotea lento, si no cruje a cámara, parece que no existe.
Frente a eso, sigue habiendo una gastronomía que no posa y no pide likes. Una comida que no se deja grabar bien porque es marrón, informe, pringosa o directamente fea. Productos que no tienen “momento wow”, pero sí momento gloria. Que no entran por el ojo, pero se quedan para siempre en la memoria. En Madrid viven lejos del aro de luz: en la barra con serrín imaginario, en la despensa heredada, en el mercado de toda la vida.
No es una guerra contra Instagram ni TikTok —cada cual que coma como quiera—, es una defensa de lo que no necesita cámara. Alimentos que funcionan siempre, que arreglan una cena improvisada o un aperitivo sin plan. Cosas que no se explican en 15 segundos porque su valor está en repetirlas. Madrid las conoce bien y por eso siguen ahí, firmes, ajenas a modas y filtros.
Pensemos en los boquerones en vinagre bien hechos: blancos apagados, firmes, con ese olor limpio que despierta sin avisar. No hay reel que capture el punto exacto de ajo ni ese primer bocado frío que pide caña inmediata. Son religión porque refrescan, porque ordenan la boca y porque nunca fallan. En cualquier barra de barrio aparecen sin anuncio previo y, cuando te das cuenta, ya estás pidiendo otra ronda “para acompañar”.
Los callos en lata no sirven ni para stories ni para vídeos en bucle. Marrón oscuro, textura gelatinosa, aroma serio. Pero son fe porque resuelven un martes lluvioso, porque saben a domingo largo y porque Madrid aprendió hace décadas que el lujo también puede abrirse con abrelatas. Calentarlos despacio, algo de guindilla y pan para no dejar ni rastro.
La sobrasada tampoco entiende de estética digital. Es roja, blanda y se desparrama sin pudor. Untada en pan de ayer bien tostado —ese otro héroe silencioso— se convierte en cena inmediata. Es religión porque consuela, porque llena y porque siempre aparece cuando no hay nada… y con ella ya hay algo.
El queso curado sin etiqueta bonita, envuelto en papel, con olor antes que nombre, tampoco triunfa en TikTok. Corteza dura, pasta quebradiza, sal directa. Es fe porque llena la boca, porque pide vino sencillo y porque no necesita explicación ni storytelling.
Las sardinas en conserva, sobre todo las viejas, tampoco ganan concursos visuales. Plata apagada, aceite turbio. Pero abiertas sobre pan con tomate restregado son mar, infancia y merienda-cena en dos bocados. En Madrid se comen sin complejos, lejos del trípode.
El paté de campaña, con sus tropezones y su color indefinido, es otra devoción callada. Untado generoso, sin capas finas. Funciona porque sacia, porque admite pepinillo y porque convierte un vermut rápido en plan serio.
Y ahí están los pepinillos y banderillas, torcidos, verdes, siempre en salmuera. Son religión porque despiertan, porque piden otra bebida y porque han salvado más aperitivos que cualquier receta viral.
Madrid sabe que lo verdaderamente bueno no siempre es bonito ni grabable. Aquí se come con memoria, con urgencia y con gusto. Por eso, mientras pasan los vídeos y se olvidan las fotos, sobreviven estas cosas feas que saben a gloria. Porque cuando algo es religión, no necesita algoritmo: necesita hambre.






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