Barrio de Salamanca sin corbata: tradición fina con un punto canalla
- Julián Acebes
- 16 dic 2025
- 2 Min. de lectura

No todo en el Barrio de Salamanca son pasos medidos, miradas serias y bolsos bien colocados. También hay ironía, cierto descaro elegante y una manera muy madrileña de disfrutar sin pedir permiso. Porque bajo esa pátina de barrio bien peinado late un espíritu que sabe cuándo aflojar el nudo de la corbata, sentarse a la mesa y alargar la sobremesa más de la cuenta. La caja “Típico del Barrio de Salamanca” va justo de eso: de capturar lo mejor del barrio… pero sin solemnidades innecesarias. Madrid fino, sí. Pero con chispa.
La escena podría ser cualquier salón con buena luz y una mesa puesta sin protocolo. No hace falta salir a Serrano ni reservar con semanas de antelación: basta con abrir la caja y dejar que el barrio se cuele en casa. Hay algo ligeramente irreverente en esta propuesta, como si el Barrio de Salamanca se quitara los guantes blancos y dijera: “vamos a disfrutar, que para eso estamos”.
El concepto es claro: rendir homenaje a la vida castiza bien entendida. A ese Madrid que mezcla tradición, producto excelente y cierta retranca. Aquí no hay fuegos artificiales ni discursos grandilocuentes; hay placer, memoria y ganas de repetir. Elegancia, sí, pero sin rigidez. De la que se disfruta con una copa en la mano y una sonrisa cómplice.
El primer golpe lo da el Ximénez Spínola PX Muy Viejo. Un vino de postre intenso, profundo, casi pecaminoso. Aterciopelado, oscuro, con notas de pasas, higos secos y madera vieja. No es un vino tímido ni pretende serlo: entra suave y se queda largo, como esas sobremesas que empiezan civilizadas y acaban con confesiones. Ideal para cerrar la noche… o para abrirla, si uno anda juguetón.
El estuche de cuatro turrones de Mantequería Bravo es tradición sin pedir disculpas. Cuatro bocados clásicos, bien ejecutados, de los que saben a Navidad madrileña pero también a cualquier martes con antojo dulce. Artesanía de la de siempre, presentada con la elegancia justa para no resultar empalagosa.
Las Moscovitas clásicas de Confitería Rialto aportan el punto adictivo: finas, crujientes, con la almendra en su sitio y el chocolate justo. Son peligrosas. Empiezas con una “por probar” y acabas mirando la caja vacía con cara de arrepentimiento feliz. Y las violetas de La Violeta, claro. Dulces, aromáticas, descaradamente madrileñas. Nostalgia pura, pero con mala intención: imposible comerse solo una.
La caja “Típico del Barrio de Salamanca”, disponible en nuestra tienda, es el Barrio de Salamanca sin salir de casa: su elegancia relajada, su ironía discreta, su gusto impecable con un punto travieso. Una invitación a montar una sobremesa madrileña con producto serio y actitud desinhibida, de las que empiezan correctas y acaban largas. Y eso, seamos claros, es muy buen plan.






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