Jorge Juan sin reserva: una cena que se va de las manos (y menos mal)
- Roberto Buscapé
- hace 4 días
- 2 Min. de lectura

Jorge Juan no es una calle para andar con reloj. Es de las que te enganchan por la solapa: entras a por un recado y sales pensando en dónde cenar. Luces templadas, terrazas que aún murmuran, ese Madrid algo canalla que sabe comer bien y beber mejor. El plan, como tantas veces, no estaba claro. Y ahí es donde empiezan las cenas que merecen la pena.
La caja "Almuerzo en la calle Jorge Juan", disponible en la tienda de GastroMadrid, no viene a organizarte la vida. Viene a salvarte la noche. A convertir una cena improvisada —de esas que empiezan con “picamos algo” y acaban con “¿otra copa?”— en una velada memorable, ligeramente desordenada y absolutamente disfrutable.
Esto no es una cesta de postal. Es un guiño descarado a una de las calles más elegantes y gastronómicas de Madrid, sí, pero también a su reverso más gozón: el del mantel torcido, la conversación que sube de tono y la sobremesa que se alarga porque nadie tiene prisa ni intención de irse.
Se abre la botella de Quinta Apolonia 2023, blanco con cuerpo y frescura, de los que entran fácil y se van quedando. Tiene nervio, tiene gracia y acompaña igual de bien una cena ligera que una charla que se calienta. Mientras tanto, la fideuá a leña de El Paeller hace lo suyo: sabor profundo, aroma a mar y a fuego, cero esfuerzo y todo el mérito. Calentar, servir y callar bocas.
El centro de la mesa se pone serio —solo un poco— con el esturión en aceite de oliva de El Capricho Santoña, fino, sabroso, de esos bocados que te hacen levantar la ceja. Al lado, los pimientos del piquillo de La Catedral de Navarra, dulces, carnosos, listos para ser rebañados sin pudor. Las focaccine con aceitunas negras de Bontà Lucane desaparecen sin que nadie se dé cuenta. Señal inequívoca de que la noche va bien.
El atrezzo no es inocente. El mantel de rayas marrón y verde de Le Roulle aguanta migas, copas y alguna mancha con dignidad. Los platos pintados a mano de Ofelia, uno en espiral y otro a puntos, ponen orden estético donde no lo hay vital. Y los tenedores llave mecánico provocan comentarios, risas y algún brindis extra.
Cuando ya nadie mira el reloj, aparece la crema de caramelo de Lhardy, dulce y envolvente, y la cajita de violetas de La Violeta, castiza y floral, como un guiño final a Madrid. No es el cierre perfecto. Es mejor: es el que no estaba previsto.
Así es esta caja "Almuerzo en la calle Jorge Juan". Un plan que se desmadra con elegancia. Jorge Juan servido en casa, sin reservas y con ganas de repetir.






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